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lunes, 10 de septiembre de 2012

Nicanor Parra, el poeta humorista

Abril de 2012

La concesión del Premio Cervantes al escritor chileno Nicanor Parra no solo ha puesto de actualidad a un poeta excelente e innovador, como lo calificó el príncipe Felipe en la ceremonia de entrega del galardón (recogido, por cierto, por un nieto del premiado, al que sus 97 años de edad impidieron trasladarse a España), sino también a un poeta humorista.
La relación entre la poesía y el humorismo no es nueva ni extravagante. Nace del estrecho vínculo de una y otro con el subjetivismo. Humoristas y poetas dan una imagen subjetiva del mundo, una valoración sentimental. “El humorismo está en los autores, no en las criaturas. El humor es cosa del poeta, no del objeto”, explica Celestino Fernández de la Vega en O segredo do humor, seguramente el mejor libro sobre el tema escrito en España. “El poeta da, por la manera de representar el objeto, su concepción humorística del mundo y anuncia su participación en ella. En este sentido, el humorismo pertenece al campo de la lírica. La lírica consiste justamente en eso: en manifestar una manera de sentir del poeta, en hacer patente su propio yo ideal”.
Ramón Piñeiro sostiene que entre los gallegos (pero lo mismo se podría decir de muchos otros pueblos) humor y lirismo nacen de una misma experiencia radical del hombre: el sentir los límites de lo individual: “Cuando el sentimiento de esa limitación lo experimentamos frente a la natureza, surge la soledad y, de ella, el lirismo; cuando el sentimiento de nuestra limitación lo experimentamos frente a los demás hombres, surge la conciencia de nuestra debilidad y, para encubrirla, nace el humorismo (…). Vencemos la soledad cantándola y vencemos la debilidad individual burlándonos de ella. Delante de la naturaleza somos líricos; delante de los demás hombres, humoristas”.
El humorismo, como la poesía, es una actitud, una posición ante la vida, un determinado modo de mirar. Una mirada penetrante hacia la esencia de las cosas, porque el humorista y el poeta saben, como El Principito, que “lo esencial es invisible a los ojos”.
El humorismo, como la poesía, no es un género literario o artístico. “La literatura está en la ficción, que puede ser maravillosa, pero la poesía es una realidad en sí misma. La poesía no es literatura. Contiene nuestros gozos y nuestros sufrimientos”, aclara el también Premio Cervantes Antonio Gamoneda, y Gerardo Diego, uno de los principales exponentes de la Generación do 27, afirma que “el demonio de la literatura es solo el rebelde y sucio ángel caído de la poesía”. Del humorismo se puede decir lo mismo. Como estilo artístico nació en la literatura, pero no puede ser encerrado en ningún estilo. “El humorismo me ha permitido el absurdo (…) escapa a toda ley matemática y, al hacerlo, escapa a toda ley literaria, dándote una gran libertad (…). Cuando es bueno, siempre es poético y nada tiene que ver con lo satírico”, señala Cristóbal Serra.
No hace falta que nos remontemos a las gallegas cantigas de escarnio e maldicir de la Edad Media o a la poesía jocosa de Quevedo para encontrar en la lírica peninsular ejemplos de genuino humor. Fernández de la Vega subraya el caso de Antonio Machado, cuyo humorismo, dice, es “una tensión entre tragedia y comicidad (…). Un esfuerzo por no abandonarse al dolor, a la tristeza de la muerte, por quitarle importancia, por trivializarla”. Y pone como muestra estos versos:
Pensando que no veía
porque Dios no le miraba,
dijo Abel cuando moría:
se acabó lo que se daba.

Y Edgar Neville dice de Ramón Gómez de la Serna –el creador de las greguerías, definidas por él mismo como “metáfora más humor”– que “es humorista entre otras muchas cosas; pero no llega al humorismo por la sátira, sino por la poesía, porque Ramón, sobre todo, es un poeta, un poeta que además nos hace el regalo de escribir en prosa”.
Más cerca aún en el tiempo, pienso en otros poetas humoristas como Gloria Fuertes (“Se bebe para olvidar una cosa / y se olvida todo menos esa cosa”) o el uruguayo Mario Benedetti –todavía más cerca de Nicanor Parra, también geográficamente–, del que poderíamos citar tantos y tantos poemas, pero nos bastará este:
Cuando esta virgen era prostituta
soñaba con casarse y zurzir calcetines
pero desde que quiso
ser simplemente virgen
y consiguió rutinas y marido
añora aquellas noches
lluviosas y sin clientes
en que tendida en el colchón de todos
soñaba con casarse y zurcir calcetines.

Pero hablemos ya de Parra. Desde la publicación en 1954 de sus Poemas y antipoemas, desmitifica la sociedad a través de un humor irónico, y pone en evidencia la ridiculez del hombre burlándose también de sí mismo con gran puntería. Sus Artefactos (1972) y sus Chistes para desorientar a la poesía (1983) –el título ya lo dice todo–, por mencionar solo dos de sus obras más originales, rebosan humor e ironía. No son dos libros propiamente dichos, sino sendas cajas de cartón con dos compartimentos llenos de tarjetas postales en los que el texto, siempre muy breve, va acompañado de alguna ilustración.
Como muestra, de Artefactos podemos señalar estos botones:
Hágase hombre, señor profesor, y déjese de andar poniendo notitas.

Mendigo alegre no inspira piedad.

USA, donde la libertad es una estatua.

La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas.

Recuerdos de infancia. Los árboles aún no tenían forma de muebles y los pollos circulaban crudos por el paisaje.
Y de Chistes para desorientar a la poesía no me resisto a reproducir esta pequeña joya:
A ver a ver
tú que eres tan diablito ven para acá
¿hay o no hay libertad de expresión en
este país…?
–Hay
ay
áááy!

Sí, la concesión del Premio Cervantes ha rescatado del semiolvido a un gran poeta y un gran humorista, que viene siendo lo mismo. Poesía y humor son una misma actitud ante la vida. Una actitud que nos salva de la desesperación, que nos permite no abandonarnos al dolor, a la tristeza de nuestra limitada condición, de la muerte al fin. Por eso la poesía y el humor son cosas tan serias, aunque la necedad de muchos las juzgue triviales y ligeras.

domingo, 13 de noviembre de 2011

El listín telefónico ¿del Cielo?

(Publicado en Riadevigo.com en septiembre de 2001)

Una atenta mirada a la guía telefónica de Vigo nos puede hacer creer que estamos en el Vaticano o incluso en el mismísimo Cielo. Y no por el Obispado de Tui-Vigo o la Concatedral de Santa María, sino por la cantidad de cregos, obispos, cardenales, santos y aun dioses que figuran. Por lo menos, de apellido.

“Si tú eres Crego, yo soy Obispo”. Es lo que podrían decir las dos personas apellidadas Obispo a las trece de apellido Crego. Por cierto, uno de estos ‘prelados’ es ginecólogo, una actividad poco adecuada para un príncipe de la Iglesia, del que se supone que explora territorios menos carnales.

“Tú serás Obispo, pero yo soy Cardenal”. Y es que los tres ‘obispos’ de la guía poco pueden presumir ante los tres vecinos de Vigo apellidados Cardenal. Uno de ellos, Cardenal Cristo, para más inri, y nunca mejor dicho lo de inri.

Pero donde hay patrón no manda marinero. Y un santo siempre es un patrón frente a un cardenal. Son cientos los residentes en Vigo que tiene por apellido el nombre de un santo, desde Sangabriel hasta San Isidro, pasando por Santamónica y, cómo no, Santamaría. En medio nos encontramos con Sangermán, San Jorge, San José, Sanjuan (uno de ellos, Sanjuan Iglesias, por cierto, y es que dónde mejor va a estar un santo que en una iglesia, y otro, Sanjuan Sanjuan, santo hasta el paroxismo), San Román, Sanpayo, San Pedro, Sanmillán, San Miguel, Sanjurjo (uno, Sanjurjo Milagros, sin comentarios), San Luis, Sanmartín, etc. Y si me permiten el chiste, Samsung, Sanyo (santo, pero egoísta) y, por qué no, Santander, santo a fuerza de humilde, que, pudiendo haber nacido en Bilbao, nació en la capital de Cantabria.

Sin embargo, para santos, Dios. Ni San Pedro bendito, ni Sangabriel, con todo lo arcángel que sea, ni San Isidro, por poco mordedor que resulte (santo labrador, poco mordedor, dice el refrán) pueden hacer nada ante los ¡74! Dioses (entiéndaseme, las 74 personas de apellido Dios) de la guía telefónica. Ahora bien, si establecemos también una jerarquía de Dioses, el primer puesto es para De Dios de Dios. Luego están De Dios Rouco, a medio camino entre Dios y cardenal (Rouco Varela, por supuesto) o De Dios Vispo, a caballo entre Dios y obispo.

Hurgando más en el eclesial listín telefónico encontramos a Dios Manso, como no podía ser de otra manera (el Dios iracundo no pasó del Antiguo Testamento), que además vive en San Xosé, como también cabría esperar, pues, según los Evangelios, Jesús moró en la casa de su padre hasta los 30 años. Lógica tiene también que otro Dios viva en Covadonga, donde dicen que Don Pelayo comenzó la Reconquista y donde hoy se levanta un santuario dedicado a la Virgen, y uno más lo haga en Párroco José Otero. A los párrocos se les supone el amor a Dios, como a los toreros el valor.

Pero si hay un Dios consecuente, ese es Dios Misa. Y es que la patronimia hace extraños (por sorprendentes) compañeros de cama. O, mejor, la cama hace extraños compañeros de patronimia. Amén.

U-lo ‘glamour’? Foise co vento?

(Da xordeira de Imanol Arias, a perdas de ouriños de Concha Velasco e os problemas de tránsito intestinal de José Coronado)

Nos últimos tempos soubemos que José Coronado sofre problemas de tránsito intestinal, Concha Velasco ten perdas de ouriños (seica leves) e Imanol Arias ouve máis ben pouco.

Os tres actores fixeron cadanseu spot anunciando un produto para combater a disfunción que padecen.

Que necesidade tiña Imanol Arias de que toda España saiba que está medio xordo?Que necesidade tiña José Coronado de que todos os españois saibamos que pasa tres días enteiros sen ir ao baño? Que necesidade tiña Concha Velasco de que todo o país saiba que, pola contra, ten que mexar cada cinco minutos?

Hai unha cousa inherente ao traballo do actor e da actriz que se chama glamour. Mais que glamour pode ter un actor do que sabemos que está máis xordo ca unha parede? Que glamour poder ter un actor do que sabemos que precisa unha lavativa todos os días? Que glamour poder ter unha actriz da que sabemos que ten que levar coiros no canto de cambiar os dos seus netos.

Algúns diranme que é unha necesidade de cartos, que Gaes, Indasec e Danone páganlles moito diñeiro a Imanol Arias, José Coronado e Concha Velasco por faceren cadanseu anuncio. Mais insisto: é o glamour? Non vale máis ca todos eses cartos? Amais, o diñeiro pode recuperarse, mais o glamour non. Xa nunca volveremos mirar estes tres actores do mesmo xeito. Xa sempre levantarémoslle a voz a Imanol Arias, miraremos con cara de mágoa a José Coronado e indicarémoslle onde está o baño a Concha Velasco, no canto de lles pedir un autógrafo.

U-lo glamour? Foise co vento? Seica.

martes, 8 de noviembre de 2011

Una historia sobre los concursos culturales de la televisión

–Muy buenas noches. Aquí comienza una nueva edición de nuestro concurso cultural Demuestre lo que sabe y gane. Hoy está con nosotros don Antonio Martínez, catedrático de Lengua Española en el Instituto Eduardo Duarte de Madrid. Don Antonio es un experto en toponimia; se sabe todos los topónimos de la provincia de Madrid. ¿No es así, don Antonio?

–Bueno, no tanto. Conozco muchos, pero uno nunca puede asegurar que los sepa todos.

– Enseguida saldremos de dudas, aunque sospecho que la modestia de don Antonio le impide ser tan categórico en este punto como probablemente podría. ¿Está preparado, don Antonio?

–Sí.

–Pues vamos allá. Primera pregunta: ¿cómo se llama el topo que vive en la madriguera que hay a mano derecha después de la rotonda de la carretera de Toledo, nada más salir de Madrid, a la altura del aeropuerto?

–¿Queeé?

–Sí, que cómo se llama el topo que vive allí.

–¿Qué topo?

–¡El topo! ¿Usted no es experto en topónimos? ¿No decía que sabía los nombres de todos los topos de la provincia?

–¿¡Qué dice!?

–¡Los topos, coño, los topos! Perdón, me he dejado llevar por la emoción del momento. ¿No sabe cómo se llama ese topo?

–¿Pero qué topo? Yo soy experto en topónimos, no en topos.

–¿Y no son los topónimos los nombres propios de los topos?

–¡No! ¡Son los nombres propios de lugar!

–¡Ya me parecía a mí que usted no podía saber tanto! ¡Yo conozco los nombres de los perros de mi vecindario, pero de ahí a saber los nombres de todos los topos de la provincia, con los que, a diferencia de los perros, uno no suele intercambiar ninguna palabra más allá de darles los buenos días, va un abismo!

domingo, 6 de noviembre de 2011

El peine

Hay gente que por negligencia o desidia no sabe lo que vale un peine. Un peine vale 1 euro y 35 céntimos. Es lo que me ha costado éste en 'El Corte Inglés'. Sí, sería más lógico que en 'El Corte Inglés' vendieran tijeras, por lo de “el corte”, o llaves inglesas, por lo de “inglés”, pero...

Para que un peine peine, hacen falta dos cosas: que el peine tenga púas y que la persona que lo use tenga pelo. El peine no es la única cosa que tiene púas. Los puercoespines también las tienen, pero van siempre despeinados porque son unos puercos.

El peine no es lo único que peina. La policía también peina: peina manzanas cuando está a la busca y captura de algún malhechor. Hay que ser tonto para peinar una manzana en vez de comérsela, pero en realidad lo que hacen es peinarla primero y comérsela después. ¿No hay quien lava la manzana antes de comérsela? Pues la policía va más allá: la lava, la peina, le pone colonia y se la come.

Otros que peinan sin peine son los futbolistas: peinan el balón, y lo hacen sin un peine, sin las manos e incluso sin los pies; lo peinan con la cabeza.

El balón no tiene pelo, por eso no usan un peine para peinarlo. El balón puede llegar a tener pelo, pero entonces no se llama balón, sino coco. Para peinar un coco hace falta valor, si es un coco de los que comen. Los cocos pueden comer o ser comidos: los primeros se comen a los niños que comen poco; los segundos nacen en los cocoteros. Comerse a los niños que comen poco es una estupidez, además de incongruente con lo que pasa en los cuentos infantiles: la bruja de Hansel y Gretel lo que hacía era comerse a los niños que comían mucho: es decir, cebarlos antes de comérselos, lo cual es mucho más lógico.

Una de las cosas más comunes que pueden encontrarse en un peine, aparte de caspa y piojos, son pelos. También pueden encontrarse ideas, pero es muy raro, y además quiere decir que la persona en cuestión se ha peinado con tanta fuerza que se ha reventado el cerebro, perdiendo masa encefálica. Es lo que se llama la fuga de cerebros.

Cuando uno encuentra pelos en el peine es porque padece lo que se llama la caída del cabello, que no debe confundirse con la caída del caballo. La caída del cabello puede ser más dolorosa que la del caballo. La del caballo puede provocarte la rotura de varias costillas, pero la del cabello puede hacer que no quieras comer costillas durante mucho tiempo. Es lo que se llama una depresión de caballo.

Ser calvo tiene desventajas, pero también ventajas. Lo malo es que no puedes soltarte el pelo, ni echar una canita al aire, ni contar las cosas con pelos y señales. Lo bueno es que no pueden tomarte el pelo ni se te puede caer el pelo por muchas burradas que hagas y que no tienes un pelo de tonto.

En cien años todos estaremos calvos, menos Matusalén, que, si hemos de creer que vivió mil años, a los cien aún era un niño. Claro que a lo mejor estaba calvo porque era un niño de pecho. Y no precisamente de pelo en pecho.

Lo dicho: un peine vale 1 euro y 35 céntimos, aunque algunos no tienen precio, porque, para peines peines, el Peine de los Vientos de San Sebastián, el de Chillida. Un peine que peina al viento, el gran despeinador, ése sí que es un auténtico peine.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Contra los libros

¿Se han fijado en lo bien que arden los libros? ¡Ah, aquella Inquisición que los quemaba! ¡Ah, aquella Inquisición que quemaba también a los que los escribían!

Detesto los libros. Los de texto... y los otros. Los detesto todos. Claro que detesto más a los que los leen, sobre todo a los que se jactan de hacerlo. Sí, porque hay quien lee libros muy a su pesar, a escondidas, en el baño. No me gustan, por supuesto, pero me compadezco de ellos: son adictos, enfermos. Pero luego está el que se jacta de leer libros, el que presume, el que se exhibe: ese que lee en el metro, en un café o en un parque, que te restriega que está leyendo, que compra dos libros al mes, que va por la calle con uno bajo del brazo, que frecuenta las bibliotecas (esos lugares de perdición), que tiene en su casa una librería (ese mueble diabólico), que se empeña, en fin, en romper la estadística que dice que en España no lee nadie.

Decía Borges que se imaginaba el Cielo como una gran biblioteca. ¡El Infierno sería! Qué degenerado el viejo…

Para mí un bibliotecario es un delincuente; un editor, un criminal; y un escritor, un reo de muerte. ¿Y qué me dicen del vendedor de libros? El que te intenta vender los 50 tomos de la Enciclopedia Británica es un terrorista. Es como querer poner 50 kilos de goma 2. Y luego hablan del narcotráfico, Pues anda que el librotráfico...

Ahora, si hay un mal nacido, y que su madre me perdone, ese es Gütemberg. ¡Menudo invento el de la imprenta! Antes, los libros estaban todos en los monasterios, verdaderas casas de lenocidio, pero con la imprenta empezaron a aparecer por todas partes. Y lo que es peor, con una letra legible, que cualquiera podía entender. No como los incunables, que estaban escritos a mano y no los entendía nadie. Gütemberg no fue un criminal; fue un genocida.

¿Y Braile? ¿Qué me dicen de Braile? No tenía respeto ni por los ciegos. Los puso a leer a todos.

Del que no tengo queja es de Cervantes. Fue malinterpretado. Él no era un criminal. Todo lo contrario; escribió El Quijote para denunciar el crimen, para advertir contra los libros de Caballería y, por extensión, contra todos los libros. Sin embargo, la gente consideró que había intentado escribir un gran libro y hoy lo tienen como un pope de las letras, una especie de santo de la literatura. No conservan su brazo incorrupto, como el de Santa Teresa, porque era manco, que si no...

He visto a mi alrededor a personas destruirse por leer libros. Les revienta la cabeza. Se desmayan de puro aburrimiento. Empiezan a decir cosas raras. Les cambia el vocabulario. Algunos hasta hablan en otros idiomas, como los endemoniados. Leer libros da, cuanto menos, dolor de cabeza. Y no es el primero al que le ha dado un derrame cerebral. Y no digamos lo de perder la vista. Todos los que leen llevan gafas o lentillas. Antes, cuando no existían las lentillas y todos llevaban gafas, era fácil identificar a los lectores y mantenerlos lejos de nuestros hijos. Pero ahora, como te descuides, se te mete uno en casa, enamora a tu hija y hace de ella una lectora. Y de tu nieto, otro.

Dicen que si dejas un libro a un amigo, te arriesgas a perder el libro y al amigo. ¡Benditas pérdidas! El amigo que te deja un libro no es un amigo; es un enemigo, un amigo de esos que te hacen exclamar: "¡Con amigos como estos para qué quiero enemigos!". Y si pierdes el libro, matas dos pájaros de un tiro: te deshaces de ese maldito libro y, de paso, de ese falso amigo.

Que vuelva la Inquisición, por favor. O el libro electrónico. Por lo menos, siempre podremos jugar a los marcianitos en vez de leer. ¡Ah, las ciencias avanzan que es una barbaridad!

Monólogo interpretado en el pub 'Lenda Moura' de Vigo en 2004

Lembranzas de infancia e mocidade

O nacemento

Cando nacín, preguntei polo prestixio da clínica e do xinecólogo. Vin cun pan debaixo do brazo e inquerín: "¿Que fago con isto? ¿Ráioo ou preparo uns bocadillos?''. "Imos cos bocatas'", escoitei. Foi o meu primeiro picnic. Pariume meu pai. Compartía con miña nai tódalas tarefas domésticas e, ademais, facía a ximnasia prenatal mellor ca ela. O médico díxolle a mamá: ``Señora, non se ofenda, pero coido que o seu home fará un traballo mellor''. Ao verme, meu pai exclamou: "É un neno!'' e miña nai espetoulle: "Que querías, que nacese xa vello?''.

Un neno baixiño

Na casa non me agardaban, sobre todo para xantar. Cando se repuxo do parto, papá dixo: "Non podemos alimentar outra boca''. E dábanme de comer por vía intravenosa. Este particular xeito de dixerir fixo de min un neno gordiño, pero moi baixo, tanto que meus pais se puxeron nerviosos. Tentarono todo para que dese un estirón: ameazáronme ("como non medres, vouche pór só soro fisiolóxico", bramaba meu pai), probaron a subornarme ("os martes déixote comer medio chourizo'', prometíame miña nai), pero nada deu resultado. Finalmente, colocáronme nun circo ao que lle medraban os ananos, pero nin por esas. Un filósofo amigo de papá propúxolles que puxesen os medios para que medrase por dentro na esperanza de que ese medramento interior revertese noutro externo. Tíñanme todo o día pechado no meu cuarto lendo filosofía, escoitando música clásica e rezando. Efectivamente, medrei por dentro (terían que ver os meus intestinos), pero por fóra nada.

Na escola

Na escola, os compañeiros metíanse comigo. O mellor que me chamaban era "tapón". "Son fillo único da túa nai'', dicíame un, ignorante de que me parira meu pai. Facíanme a vida imposible, tanto que eu musitaba: "Que morro porque non morro''. E confundíanme con Santa Teresa de Xesús. Menos mal que había un sensato, que explicaba: "Que non é a santa. Non vedes que non ten o brazo incorrupto?''.

Na casa

Na casa, as cousas eran distintas. Con meus pais tiña unha boa relación. Papá deume un gran exemplo. Nunca o vin fumar. Nunca o vin beber. Nunca o vin cunha muller que non fose miña nai. Nunca o vin... Nunca o vin. Esa é a verdade. Mamá nunca fixo nada do que eu puidese avergoarme. En realidade, nunca fixo nada. Nin sequera me pariu. Xa o dixen. Meus irmáns queríanme con loucura. Esnaquizábanme os xoguetes, si, pero os que menos me gustaban e máis baratos eran. Pegábanme, si, pero onde non doe e sempre coa man aberta. Dábanme unha malleira, en fin, pero tendo coidado de non matarme. Claro que eu era un neno modelo. Desfilaba polo corredor con roupa de Verino.

Na Universidade

Ao pouco de ingresar na Universidade, conseguín entrar no equipo de fútbol da Facultade. Soñaba con ser o capitán, pero tiven que conformarme con ser a mascota. Gañamos tres ligas. As vitorias chegaron, en boa medida, grazas ao meu concurso: farteime a ladrar dende o banco.

O amor (ah, o amor!)

Na Universidade namoreime dunha rapaza que non me facía ningún caso. Non se me ocorreu outra cousa que ameazala: "Ando tolo por ti e ignórasme por completo. Terei que tomar medidas'', advertinlle. "Non te molestes: 90-60-90'', replicou. Decidín entón facerme o encontradizo con tan mala fortuna que sempre chocabamos. Á sétima vez, a situación virou insostible, non porque ela se mosquease, senón porque eu tiña rotos un brazo, unha perna e tres costelas. Así as cousas, optei, coa axuda de dúas muletas, por dar un rodeo e interrogar unha amiga súa. "Algunha vez falará de min, aínda que sexa mal'', deixei caer tentando non caer eu. "Non, limítase a facer budú cunha fotografía túa'', respostou.


No barrio coñecín outra femia que me facía tolón. Si, tolón, non tilín; era unha vaca. Despois dese arrebato de zoofilia, perdín a cabeza por unha monxa, o que me produciu numerosos conflitos písquicos, non porque ela fose unha muller consagrada a Deus, senón porque me facía chamarlle "nai'' e eu sentíame presa do conflito de Edipo. Menos mal que non me facía chamarlle "nai superiora", porque senón tivera tamén conflito de inferioridade.


Máis tarde tiven unha moza que se chamaba Adelita. Bo, chamábase Adela, pero eu chamáballe Adelita porque era miúda e tíñalle un grande agarimo. Saiamos por aí e eu preguntáballe: "Que queres que fagamos? Queres que vaiamos ao cine?''. "Non'', respondía ela. E eu: "Queres que tomemos un xeado?''. E ela: "Non''. E eu: "Queres que...?''. E ela: "Non''. E eu veña preguntar. E ela veña dicir que non. Ata que, claro, cansaba de tantas preguntas e partíame a cara. E o corazón.

Relato presentado al concurso de relatos humorísticos del Museo de Humor de Fene en 1997

Lá porque tens cinco pedras

Cá estou, no cárcere, a pagar a minha culpa, mas não me arrependo de nada, o que fiz esteve bem. Tinha de o fazer, sem dúvida tinha de o fazer. Qualquer homem no meu lugar tivesse feito o mesmo, qualquer homem menos ele, que não era homem, nem cantor, nem fadista, nem coisa nenhuma. Por isso o matei.

Eu era (eu sou, quero dizer) o melhor cantor de fado de Lisboa, o melhor e o mais famoso. A própria Amália nomeara-me o seu sucessor quando cantávamos juntos na 'Taverna do Embuçado'. Sim, também estava o Carlos do Carmo, mas não tinha nem o meu talento nem o meu sucesso. Posso ter matado um homem, mas nunca minto, nem sequer exagero. O rei das noites de Lisboa era eu, e o meu palácio, o 'Senhor Vinho', que converti no clube mais famoso da cidade, na catedral do fado. Eu, o Fernando Parreira, era o fado. Até o Carlos do Carmo vinha incógnito a ouvir-me cantar. E ficava extasiado. Não minto. Posso ter matado um home, mas nunca minto, nem sequer exagero. Todos ficavam extasiados.

Então chegou ele. Vinha apenas para me acompanhar nas noites do 'Senhor Vinho', para aprender ao lado de um mestre, de um mito como eu. Era jovem de mais, quase um puto. Não cantava mal, mas como ele havia dúzias de cantores nas noites de Lisboa. Para cantar o fado é preciso ter vivido. Um puto não pode cantar bem o fado e muito menos fazer sombra ao grande Fernando Parreira! Mas o Ricardinho Ribeiro (esse era o seu nome) parecia não o querer perceber.

O pior de tudo é que, como era jovem e as mulheres o achavam bonito, conseguiu logo um monte de admiradoras que vinham todas as noites só para o ouvir cantar e, mal abria a boca, gritavam-lhe: “Bonitão!”. Ao bom cantor de fados grita-se-lhe apenas: “Fadista!”. Claro que o Ricardinho nem era bom cantor, nem fadista, nem coisa nenhuma. Aquilo era terrível. Pareciam um rebanho de fãs do último ídolo juvenil pop, um desses que mexe os quadrís e a sua linda cabeleira para esconder que não sabe cantar. Como consequência de tudo isto, a socialite deixou de vir ao 'Senhor Vinho' e foi substituída por uma malta de garotas que tinham muito mau gosto e não entendiam nada de fado.

A última noite em que o Ricardinho actuou no 'Senhor Vinho', começou a cantar Anjo inútil (“isso é o que tu és”, achei) e continuou com As rosas do meu caminho (“espinhos poria eu”, pensei). Não sei porque te foste embora foi a sua seguinte canção e eu disse por baixo: “Tomara te fosses tu embora e para sempre”. Logo que começou a cantar Disse mal de ti, quase me parto a rir: “Eu é que disse mal de ti. Disse, digo e direi”, achei. A seguir cantou Quando os outros te batem, beijo-te eu e não pude evitar mudar a letra e cantar por baixo: “Quando os outros te beijam, bato-te eu”. “Uma e mil vezes te batia”, pensei.

Assim que o Ricardinho terminou a sua actuação, aproximei-me dele e disse-lhe: “Quero falar contigo agora”. Incomodou-se um bocado porque estava a engatar com uma rapariga meio imbecil, mas, como ninguém contradiz o Fernando Parreira, assentiu. Levei-o fora, para um beco escuro que havia atrás do clube, e gritei-lhe: “O que é que andas a fazer? Em que estás a converter o 'Senhor Vinho'? Não tens respeito por nada?”. “O que acontece é que estás com ciúmes, porque eu sou mais jovem, mais bonito e ainda por cima melhor cantor do que tu”, respondeu-me. Eu já estava fora de mim: “Ninguém canta melhor do que o Fernando Parreira! Ninguém! Nem o Carlos do Carmo, nem o Fernando Maurício, nem com certeza um puto como tu”. “Tens ciúmes e soberba”, disse ele, e começou a cantar: “Lá porque tens cinco pedras / num anel de estimação, / lá porque tens cinco pedras / num anel de estimação, / agora falas comigo com cinco pedras na mão”. “Ainda não, mas aguarda um bocadinho”, disse-lhe. E peguei numa pedra da rua e bati-lhe com ela uma, duas, três, quatro e até cinco vezes. O Ricardinho caiu ao chão com a face cheia de sangue e sem sentidos. “Se o fado é a maneira de tirar as feridas fora, como dicia a Amália, eu já tas tirei todas”, gritei-lhe.

Quando voltei a entrar no 'Senhor Vinho', soava o Fado do ciúme no gira-discos do clube, como a querer dar a razão ao Ricardinho, e gritei: “Era ele quem estava com ciúmes de mim! Era ele!”. Toda a gente olhou para mim sem compreender. Uns minutos depois, encontraram o Ricardinho morto no beco e a seguir eu fui detido, porque todos me viram sair do 'Senhor Vinho' com ele e voltar sozinho, e além disso tinha a camisola manchada de sangue.

Cá, no cárcere, canto fado quando quero e todos me gritam: “Fadista!”.

Relato ganador del concurso de relatos del Departamento de Portugués de la Escuela de Idiomas de Vigo en 2006

De lo que le aconteció a Don Quijote cuando cenó con la sin par Dulcinea

En un lugar de La Mancha de cuyo nombre sí quiero acordarme, pero no puedo, porque Cervantes no lo menciona en la novela, Don Quijote pedía consejo a su fiel escudero Sancho.

–Sancho amigo, ¿cómo puedo enamorar a la sin par Dulcinea? ¿Con flores? ¿Con bombones?

–No, mi señor Don Quijote. Las flores se marchitan y los bombones se derriten. Vuestra merced debería invitarla a cenar.

–¿A cenar? ¿En una venta?

–Déjese de ventas, mi señor.

–¿En un burguer? ¿En un chino? ¿En un italiano, acaso?

–Quite, quite. Todo eso es muy vulgar. Vuestra merced debería llevarla a un restaurante de esos que llaman de la nueva cocina. Un restaurante chic, cool, hasta un poquito snob, si quiere.

–Háblame en cristiano, Sancho.

–Se lo diré en francés, mi señor. Vuestra merced debe de ser de francés, claro. Vuestra merced debió de estudiar el bachillerato antiguo. Un restaurante de la nouvelle cuisine.

–¡Pardiez, Sancho! Dímelo en castellano, a ser posible del siglo XVI.

–Un restaurante elegante, romántico, íntimo.

–Pero en esos restaurantes no se come nada; las raciones son muy pequeñas.

–A las mujeres no se las conquista por el estómago. Eso pasa con los hombres. A las mujeres se las conquista por la puesta en escena. Se lo diré en francés, para que me entienda, que usted es anterior a la EGB: la mise en scène. Y para eso qué mejor que uno de esos restaurantes donde hasta el más mínimo detalle está cuidado: la mantelería, la cubertería, la vajilla, la presentación de los platos... Es una cosa sin par, como la sin par Dulcinea.

–Pero esos restaurantes son muy caros y yo no me los puedo permitir. Soy hidalgo, pero no precisamente en buena posición económica.

–Vuestra merced podría vender su biblioteca.

–¿Mi biblioteca? Sancho hermano, mis libros de caballerías son...

–Sagrados, lo sé, pero ¿no vale más una dama que un libro de caballerías, que todos los libros de caballerías juntos?

–Sí, pero me va a doler como una lanzada en el corazón.

–Si, total, se los va a acabar quemando el cura...

–Tienes razón. ¿Conoces a algún trapero, alguna librería de viejo?

–¿Qué trapero ni qué librería de viejo? ¿Quiere venderla por cuatro perras? Véndasela a la Biblioteca Nacional. O a alguna fundación privada, extranjera mejor, que suelen pagar más. A la Thyssen-Bornemisza, por ejemplo.

Don Quijote vendió su biblioteca y, montado en su caballo Rocinante, fue a buscar a la sin par Dulcinea para invitarla a cenar.

–Mi señora Dulcinea, suba al caballo.

–¿Cómo que suba al caballo, Don Quijote? Vuestra merced sobrevalora mi estatura. Como no me ponga una escalera...

–¿Una escalera? ¿Quién me presta una escalera? (Se oye a Joan Manuel Serrat interpretando la Saeta: “¿Quién me presta una escalera para subir al madero?”).

Del cielo llovió una escalera y Dulcinea se montó en el caballo detrás de su pretendiente. En el restaurante, una vez sentados a la mesa, el camarero se acercó con la carta.

–La carta, señores. Me permito recomendarles “pato a la Tolouse con Blueberry Muffins”.

–¡En castellano, amigo, a ser posible del siglo XVI!

–¿Perdón?

–¿No hay olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes o algún palomino los domingos?

–Sí, pero hoy es jueves y la noche es de las menos. Y la olla se ha terminado.

A los postres, Don Quijote se armó de valor y habló así a la sin par Dulcinea:

–Mi señora Dulcinea, tengo que confersarle una cosa muy importante; algo que me quita el sueño, el apetito y hasta la razón. La adoro, adoro a vuestra merced.

Dulcinea no dijo nada y sólo ante la insistencia de Don Quijote apuntó:

–Mi señor don Quijote comprenderá que una mujer decente no puede decir sí a las primeras de cambio. Ni siquiera no, porque es sabido que cuando una mujer dice no quiere decir sí y cuando dice sí quiere decir quizá.

Dulcinea no volvió a abrir la boca (salvo para comer) hasta un momento antes de que abandonasen el restaurante:

–Mi señor Don Quijote, yo también quiero hacerle una confesión. Vuestra merced me llama siempre la sin par Dulcinea, pero no soy tal, no soy la sin par.

–¿Cómo que no es la sin par?

–Que sí que tengo par.

–Un par tengo yo y lo he demostrado en muchos entuertos que he desfecho, pero ahora no viene al caso. ¿Qué es eso que me quiere decir?

–Que tengo un par, que tengo una hermana gemela, para ser más exacta.

–¿Una hermana gemela?

–Sí. Y, lo que es más grave, vuestra merced la conoce, porque muchas veces que ha creído verme a mí a quien realmente ha visto ha sido a ella. De manera que yo no sé si vuestra merced está enamorado de mí o de mi hermana. O de las dos. Y vuestra merced tampoco.

A la mañana siguiente, Don Quijote lamentaba su suerte ante su fiel escudero.

–Sancho amigo, ¡qué desgraciado soy! No sé si estoy enamorado de la sin par Dulcinea (bueno, de “la con par” ahora) o de su par.

–Mi señor Don Quijote, ¿no bebería vuestra merced vino de más en la cena?

–(Enfadado) Sancho, no me toques el par.

–Ya sabe vuestra merced que cuando uno bebe demasiado, a veces ve doble. A lo mejor bebió mucho, vio dos Dulcineas y pensó que una de ellas era su hermana gemela.

–¡Basta!

–¿Y si montan un trío?

–Nunca seríamos tan famosos como Los Panchos o Las Supremes.

–Hablo de sexo.

–Yo también. Tendrías que haber visto a Las Supremes en la cama. Y a Los Panchos.

–¿Y si montamos un cuarteto?

–Imposible. La nobleza no puede mezclarse con el pueblo llano.

–¿Dos parejas, tal vez? Elija vuestra merced a la que más rabia le dé y yo me quedo con la otra.

–Te he dicho que la nobleza no puede mezclarse con el pueblo llano.

–Bueno, llano, lo que se dice llano, no soy. Mire qué panza.

–Miro, pero no.

–Pues no sé qué más decir.

–Di un refrán, que es lo tuyo.

–Con la Iglesia hemos dado.

–Eso no es un refrán y además lo digo yo.

Y en estas y otras reflexiones pasaban los días y aun las noches el valeroso caballero y su fiel escudero. Ya no se trataba sólo de cómo enamorar a una dama, sino también, y fundamentalmente, de a quién enamorar, porque, como es sabido, no se puede amar a dos mujeres a la vez (se oye a Antonio Machín cantando Corazón loco: “Yo no puedo comprender cómo se puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco”).


Relato presentado al Concurso de relatos sobre El Quijote del programa 'El Ojo Crítico' de 'RNE', marzo de de 2005