Con gallo das vitorias electorais dos islamistas en Exipto, Marrocos e Túnez, a prensa española vén falando do islamismo moderado e do papel que pode xogar nos vindeiros anos no Magreb. Mais eu pregúntome: hai un islamismo moderado? Pódeo haber?
Unha cousa é o islam –unha relixión– e outra o islamismo –unha ideoloxía, e coido que sempre totalitaria–. O que defenden os islamistas é o Estado teocrático, a confusión entre a relixión e a política coa primacía sempre da primeira. O islamismo é, xa que logo, unha ideoloxía totalitaria, coma o foron o nazismo, o fascismo, o estalinismo ou, aquí en España, o nacional-catolicismo. O catolicismo é unha relixión, mais o nacional-catolicismo de Franco era unha ideoloxía, e totalitaria.
Falar de islamismo moderado –témome– non ten sentido ningún. É coma falar dun nazismo moderado. Seica houbo nazis moderados? Quen sería un nazi moderado? Aquel que, en troques de avogar polo asasinato de seis millóns de xudeus, avogase “só” polo de tres?
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domingo, 11 de diciembre de 2011
sábado, 5 de noviembre de 2011
Compasión y caridad. ¿Quién dijo lástima y limosna?
Las palabras más excelsas –las que designan los más elevados conceptos, como libertad, igualdad o justicia– son maltratadas continuamente. Manipuladas, tergiversadas, prostituidas y vaciadas de contenido, pasan a significar nada o, peor aún, lo contrario de lo que significaban. Son los casos de compasión y caridad, que han devenido en lástima y limosna, respectivamente, cuando se referían a cosas muy diferentes: padecer con, ponerse en lugar del otro, empatía (la primera) y justicia, amor (la segunda). La compasión y la caridad se revelan, al fin, un mismo asunto: solidaridad, fraternidad, amor. Por eso, lejos de ser despreciadas, como lo son hoy, deberían convertirse en los pilares de cualquier moral para el siglo XXI.
“No soporto que me compadezcan”
Por compasión se entiende lástima y sólo lástima, hasta el punto de que el diccionario de la Real Academia Española no le reconoce más significado que el de “sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”. El mismo sentido da a la expresión “por compasión”: “Úsase para pedir clemencia, comprensión o benevolencia”. La compasión ha quedado reducida a lástima, clemencia o benevolencia. Así, no resulta extraño oír en boca de muchos: “No soporto que me compadezcan”, cuando, por el contrario, deberíamos agradecer que nos compadecieran y compadecer a todos.
“Padecer con”, no “padecer por”
Compasión viene de compadecer. Y compadecer no significa otra cosa que “padecer con”, no sólo “padecer por”. “Padecer por” nos remite al paternalismo y a aquella máxima del despotismo ilustrado, que ciertamente era un régimen paternalista: “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. “Padecer por”, en vez de “padecer con”, nos lleva también a la mortificación entendida como autoflagelación: cilicios, latigazos, duchas de agua fría, ayunos, dormir en el suelo... “Amor quiero y no sacrificios” (Mateo, 12, 7), dice Dios en la Biblia.“Padecer con” es reír con quienes ríen y llorar con quienes lloran, como exhortaba Jesús. Un Jesús que, más que “padecer por”, “padeció con”. El Jesús de la teología pudo morir por los pecados de la humanidad, pero el Jesús de la historia murió porque lo mataron las autoridades políticas y religiosas de su tiempo. Y lo mataron porque no podían tolerar que padeciera con los pobres, los enfermos, los marginados, los apestados. Porque no podían tolerar que las desenmascarara, poniendo al descubierto su identidad de “sepulcros blanqueados”, de “raza de víboras”.
Reír con los que ríen y llorar con los que lloran es ponerse en el lugar del otro, identificarse con él, participar de sus emociones, ser empático. “Ponernos en el lugar del otro es lo único que nos hace mejores”, ha dicho alguien. La compasión incluye la empatía, pero va más allá. El hombre empático no sólo comparte la realidad emocional de su prójmo, sino también la fáctica. No vive por, sino con y, por lo tanto, pasa frío junto al que tiene frío. No sólo en su mente, sino también y sobre todo en su carne aterida.
Pero ¿de dónde nace esta empatía? ¿Por qué vamos a ponernos en el lugar del otro? Los budistas lo han explicado muy bien. La compasión no surge de un sentimiento emocional, sino del razonamiento, de la constatación de que todos los seres humanos somos iguales. “Todos deseamos felicidad y todos queremos evitar el sufrimiento. Además, todos tenemos el mismo derecho a ser felices. Cuando reconocemos que todos los seres son iguales tanto en su deseo de obtener la felicidad como en su derecho a obtenerla, automáticamente sentimos simpatía y cercanía hacia ellos”, dice el Dalai Lama. “Nada humano me es ajeno”, escribió el romano Terencio. Y Pablo Neruda sentenció: “Tú sabes que soy no sólo un hombre, sino todos los hombres”. El problema aparece cuando algunos pretenden ser más iguales que otros, como denunciaba George Orwell en Rebelión en la granja. Pero si reconocemos esa igualdad radical, si nos miramos en el otro como en un espejo, no nos quedará más remedio que ser empáticos y, “así, al ir acostumbrando nuestra mente a este sentido de altruismo universal, desarrollaremos un sentimiento de responsabilidad hacia los demás: el deseo de ayudarles a superar sus problemas”, continúa el Dalai Lama. “Éste no es un deseo selectivo, se aplica por igual a todos. Mientras sean seres humanos experimentando placer y dolor, lo mismo que tú, no hay base lógica para discriminar entre ellos o para alterar nuestra preocupación por ellos si se comportan negativamente”. Bakunin lo dijo a su modo libertario: “Sólo soy verdaderamente libre cuando todos los hombres que me rodean son igualmente libres”. La compasión nos lleva, en definitiva, a la solidaridad, la fraternidad, el amor.
“La caridad del hueso que se tira al perro”
Con la caridad pasa lo mismo que con la compasión. Entendida como limosna, como beneficencia, tiene más que mala prensa. Pero la caridad no tiene nada que ver con “ese donativo desdeñoso que se deja caer de arriba abajo y que, si ofende al que lo recibe, deshonra ciertamente a quien lo da”, como denunciaba Raoul Follerau, el poeta francés que dedicó su vida a los leprosos. Como decía él, “esa limosna es el fantasma, la caricatura de la caridad”. “¿Habéis pretendido hacer caridad?”, preguntaba. “De hecho, sólo intentábais desembarazaros de los pobres. ¿Es eso caridad? La caridad del hueso que se tira al perro”.
Desgraciadamente, la RAE también se hace eco de esta malinterpretación: “Limosna que se da, o auxilio que se presta a los necesitados”, dice su diccionario. Menos mal que, en este caso, los académicos de la lengua recogen también el verdadero sentido de caridad, y por dos veces. Por un lado, dicen: “En la religión cristiana, una de las tres virtudes teologales, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos”. Y por otro: “Actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”.
“Una justicia que se abre al amor”
Caridad es el nombre del amor cristiano, que, según Jesús, se diferencia del pagano en que lo da todo (hasta la vida: “No hay mayor amor que el de aquel que da su vida por los demás”) y a todos (también al enemigo: “Si amáis a los que os aman, qué mérito tenéis? También los pecadores aman a quienes los aman”). Un amor que, en palabras de San Pablo, es “paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta”. Un amor, insiste el apóstol, que consiste en “padecer con” más que en “padecer por”: “Aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve”.
Un amor que, en primer lugar, hace justicia. La caridad es amor, pero también justicia, “una justicia que se abre al amor”, como decía Hélder Cámara, el revolucionario obispo brasileño: “Una caridad sin justicia no se puede llamar caridad, y una justicia que no se abre al amor no es completa”. Hoy, la justicia y el amor no se pueden disociar: “Compartir es hacer justicia”; “ser justo es comprometerse”, decían sendos eslóganes de Cáritas. ¿Y qué cosa si no amar es compartir y comprometerse? La caridad viene a poner de manifiesto las limitaciones de la justicia. Miguel Delibes, el genial novelista español, lo expresaba muy bien en Cinco horas con Mario: “Hoy la caridad reside en secundar las demandas de justicia de los desheredados; taparles la boca con una tableta de chocolate y una bufanda puede incluso ser un ardid [una forma de “intentar desembarazarse de los pobres”, diría Follereau]. La caridad debe llegar donde no alcance la justicia”. Según Delibes, “la caridad debe llenar las grietas de la justicia, pero no los abismos de la injusticia”. Como la compasión respecto a la empatía, la caridad incluye la justicia para trascenderla.
Más que dar: darse
Si por justicia le doy al otro lo suyo, por caridad le entrego también lo mío. Pero no lo que me sobra. Porque lo que me sobra no es realmente mío, sino suyo. “Deberás poner mucho amor para que el pobre te perdone el pan que le llevas”, decía San Antonio de Padua. Porque ese pan es suyo, no tuyo. Porque ese pan te sobra. Si tú y yo podemos vivir dignamente con cinco, y tú tienes dos y yo ocho, es porque yo (o alguien antes que yo) te he robado tres. “Detrás de toda gran fortuna hay un crimen”, adivinó Balzac. Como insiste Delibes, “la caridad no consiste en dar, sino en darse”. “Poco dais si sólo dais de vuestros bienes; dais de verdad cuando dais de vosotros mismos”, escribió Khalil Gibran. Una frase, por cierto, convertida en eslogan por las asociaciones de donantes de órganos.
Así, la caridad entendida como justicia nos remite también al amor, como opinaba Cámara. Acabamos desembocando en esa “justicia que se abre al amor”. Y en la solidaridad de la que habla la RAE. Solidaridad a la que también llegamos cuando hablábamos de compasión. Por eso decíamos al principio que la compasión y la caridad significan, en última instancia, lo mismo: solidaridad, fraternidad, amor.
Ahora se entiende mejor qué locura es calificar de caridad la limosna. “El cristianismo es la revolución del mundo a través de la caridad”, subrayaba Follereau. ¿Qué revolución puede hacerse con la limosna? Ninguna. La limosna está en la base de toda contrarrevolución.
Si compasión y caridad son, finalmente, una misma cosa –solidaridad, fraternidad, amor–, está claro que cualquier moral que se pretenda humanista (que se pretenda sólo moral; no puede existir una moral no humanista) debe tener como pilares estas dos actitudes. “El siglo XXI será religioso o no será”, dijo André Malraux. El siglo XXI será compasivo y caritativo o no será, decimos nosotros.
“No soporto que me compadezcan”
Por compasión se entiende lástima y sólo lástima, hasta el punto de que el diccionario de la Real Academia Española no le reconoce más significado que el de “sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”. El mismo sentido da a la expresión “por compasión”: “Úsase para pedir clemencia, comprensión o benevolencia”. La compasión ha quedado reducida a lástima, clemencia o benevolencia. Así, no resulta extraño oír en boca de muchos: “No soporto que me compadezcan”, cuando, por el contrario, deberíamos agradecer que nos compadecieran y compadecer a todos.
“Padecer con”, no “padecer por”
Compasión viene de compadecer. Y compadecer no significa otra cosa que “padecer con”, no sólo “padecer por”. “Padecer por” nos remite al paternalismo y a aquella máxima del despotismo ilustrado, que ciertamente era un régimen paternalista: “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. “Padecer por”, en vez de “padecer con”, nos lleva también a la mortificación entendida como autoflagelación: cilicios, latigazos, duchas de agua fría, ayunos, dormir en el suelo... “Amor quiero y no sacrificios” (Mateo, 12, 7), dice Dios en la Biblia.“Padecer con” es reír con quienes ríen y llorar con quienes lloran, como exhortaba Jesús. Un Jesús que, más que “padecer por”, “padeció con”. El Jesús de la teología pudo morir por los pecados de la humanidad, pero el Jesús de la historia murió porque lo mataron las autoridades políticas y religiosas de su tiempo. Y lo mataron porque no podían tolerar que padeciera con los pobres, los enfermos, los marginados, los apestados. Porque no podían tolerar que las desenmascarara, poniendo al descubierto su identidad de “sepulcros blanqueados”, de “raza de víboras”.
Reír con los que ríen y llorar con los que lloran es ponerse en el lugar del otro, identificarse con él, participar de sus emociones, ser empático. “Ponernos en el lugar del otro es lo único que nos hace mejores”, ha dicho alguien. La compasión incluye la empatía, pero va más allá. El hombre empático no sólo comparte la realidad emocional de su prójmo, sino también la fáctica. No vive por, sino con y, por lo tanto, pasa frío junto al que tiene frío. No sólo en su mente, sino también y sobre todo en su carne aterida.
Pero ¿de dónde nace esta empatía? ¿Por qué vamos a ponernos en el lugar del otro? Los budistas lo han explicado muy bien. La compasión no surge de un sentimiento emocional, sino del razonamiento, de la constatación de que todos los seres humanos somos iguales. “Todos deseamos felicidad y todos queremos evitar el sufrimiento. Además, todos tenemos el mismo derecho a ser felices. Cuando reconocemos que todos los seres son iguales tanto en su deseo de obtener la felicidad como en su derecho a obtenerla, automáticamente sentimos simpatía y cercanía hacia ellos”, dice el Dalai Lama. “Nada humano me es ajeno”, escribió el romano Terencio. Y Pablo Neruda sentenció: “Tú sabes que soy no sólo un hombre, sino todos los hombres”. El problema aparece cuando algunos pretenden ser más iguales que otros, como denunciaba George Orwell en Rebelión en la granja. Pero si reconocemos esa igualdad radical, si nos miramos en el otro como en un espejo, no nos quedará más remedio que ser empáticos y, “así, al ir acostumbrando nuestra mente a este sentido de altruismo universal, desarrollaremos un sentimiento de responsabilidad hacia los demás: el deseo de ayudarles a superar sus problemas”, continúa el Dalai Lama. “Éste no es un deseo selectivo, se aplica por igual a todos. Mientras sean seres humanos experimentando placer y dolor, lo mismo que tú, no hay base lógica para discriminar entre ellos o para alterar nuestra preocupación por ellos si se comportan negativamente”. Bakunin lo dijo a su modo libertario: “Sólo soy verdaderamente libre cuando todos los hombres que me rodean son igualmente libres”. La compasión nos lleva, en definitiva, a la solidaridad, la fraternidad, el amor.
“La caridad del hueso que se tira al perro”
Con la caridad pasa lo mismo que con la compasión. Entendida como limosna, como beneficencia, tiene más que mala prensa. Pero la caridad no tiene nada que ver con “ese donativo desdeñoso que se deja caer de arriba abajo y que, si ofende al que lo recibe, deshonra ciertamente a quien lo da”, como denunciaba Raoul Follerau, el poeta francés que dedicó su vida a los leprosos. Como decía él, “esa limosna es el fantasma, la caricatura de la caridad”. “¿Habéis pretendido hacer caridad?”, preguntaba. “De hecho, sólo intentábais desembarazaros de los pobres. ¿Es eso caridad? La caridad del hueso que se tira al perro”.
Desgraciadamente, la RAE también se hace eco de esta malinterpretación: “Limosna que se da, o auxilio que se presta a los necesitados”, dice su diccionario. Menos mal que, en este caso, los académicos de la lengua recogen también el verdadero sentido de caridad, y por dos veces. Por un lado, dicen: “En la religión cristiana, una de las tres virtudes teologales, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos”. Y por otro: “Actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”.
“Una justicia que se abre al amor”
Caridad es el nombre del amor cristiano, que, según Jesús, se diferencia del pagano en que lo da todo (hasta la vida: “No hay mayor amor que el de aquel que da su vida por los demás”) y a todos (también al enemigo: “Si amáis a los que os aman, qué mérito tenéis? También los pecadores aman a quienes los aman”). Un amor que, en palabras de San Pablo, es “paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta”. Un amor, insiste el apóstol, que consiste en “padecer con” más que en “padecer por”: “Aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve”.
Un amor que, en primer lugar, hace justicia. La caridad es amor, pero también justicia, “una justicia que se abre al amor”, como decía Hélder Cámara, el revolucionario obispo brasileño: “Una caridad sin justicia no se puede llamar caridad, y una justicia que no se abre al amor no es completa”. Hoy, la justicia y el amor no se pueden disociar: “Compartir es hacer justicia”; “ser justo es comprometerse”, decían sendos eslóganes de Cáritas. ¿Y qué cosa si no amar es compartir y comprometerse? La caridad viene a poner de manifiesto las limitaciones de la justicia. Miguel Delibes, el genial novelista español, lo expresaba muy bien en Cinco horas con Mario: “Hoy la caridad reside en secundar las demandas de justicia de los desheredados; taparles la boca con una tableta de chocolate y una bufanda puede incluso ser un ardid [una forma de “intentar desembarazarse de los pobres”, diría Follereau]. La caridad debe llegar donde no alcance la justicia”. Según Delibes, “la caridad debe llenar las grietas de la justicia, pero no los abismos de la injusticia”. Como la compasión respecto a la empatía, la caridad incluye la justicia para trascenderla.
Más que dar: darse
Si por justicia le doy al otro lo suyo, por caridad le entrego también lo mío. Pero no lo que me sobra. Porque lo que me sobra no es realmente mío, sino suyo. “Deberás poner mucho amor para que el pobre te perdone el pan que le llevas”, decía San Antonio de Padua. Porque ese pan es suyo, no tuyo. Porque ese pan te sobra. Si tú y yo podemos vivir dignamente con cinco, y tú tienes dos y yo ocho, es porque yo (o alguien antes que yo) te he robado tres. “Detrás de toda gran fortuna hay un crimen”, adivinó Balzac. Como insiste Delibes, “la caridad no consiste en dar, sino en darse”. “Poco dais si sólo dais de vuestros bienes; dais de verdad cuando dais de vosotros mismos”, escribió Khalil Gibran. Una frase, por cierto, convertida en eslogan por las asociaciones de donantes de órganos.
Así, la caridad entendida como justicia nos remite también al amor, como opinaba Cámara. Acabamos desembocando en esa “justicia que se abre al amor”. Y en la solidaridad de la que habla la RAE. Solidaridad a la que también llegamos cuando hablábamos de compasión. Por eso decíamos al principio que la compasión y la caridad significan, en última instancia, lo mismo: solidaridad, fraternidad, amor.
Ahora se entiende mejor qué locura es calificar de caridad la limosna. “El cristianismo es la revolución del mundo a través de la caridad”, subrayaba Follereau. ¿Qué revolución puede hacerse con la limosna? Ninguna. La limosna está en la base de toda contrarrevolución.
Si compasión y caridad son, finalmente, una misma cosa –solidaridad, fraternidad, amor–, está claro que cualquier moral que se pretenda humanista (que se pretenda sólo moral; no puede existir una moral no humanista) debe tener como pilares estas dos actitudes. “El siglo XXI será religioso o no será”, dijo André Malraux. El siglo XXI será compasivo y caritativo o no será, decimos nosotros.
Publicado en gallego en la revista 'Encrucillada' de Pontevedra en febrero de 2006
Gabanza do pallaso. O máis humano dos seres humanos
Un coche adianta un taxi cunha manobra perigosa. O taxista vólvese ao viaxeiro que leva atrás e dille: “Será papahostias o tío... Será pallaso... Viu vostede o pallaso que é o tío? O viaxeiro respóndelle: “Vostede veme a min facer trapalladas semellantes? A resposta confunde o taxista. “Eu son pallaso profesional e non fago ningunha cousa desas”, remata o viaxeiro, que non é outro que Joaquín León, Quin, o benxamín do trío de irmáns pallasos Pepín León.
“España é o único país do mundo no que a palabra pallaso úsase despectivamente. Xa estou afeito a que se chame pallaso a todo o mundo que fai unha trapallada”, explicábame resignado Quin nunha entrevista que lle realicei hai algúns anos por mor da chegada do Circo Olimpia a Vigo. A palabra pallaso converteuse, efectivamente, nun auténtico insulto, nun dos termos máis utilizados para descualificar e denigrar os demais: “Pallaso! Es un pallaso!”.
Recordo que cando era só un adolescente, un día na escola o profesor preguntounos que profesión nos parecía a máis necesaria para a sociedade. Médico, enxeñeiro, arquitecto, avogado... Case todos dixemos unha destas catro, pero un compañeiro respondeu: “Pallaso”. O profesor gabou a súa resposta e eu díxenme: “Pallaso, claro. Pois non necesita pouco o mundo que lle fagan rir, que lle acheguen un pouco de ledicia...”. E de poesía, diría hoxe, porque o pallaso desborda poesía tamén.
O pallaso non é, efectivamente, ese tipo de persoa que se descualifica cos seus actos e á que se refiren os que utilizan despectivamente unha palabra tan fermosa. Non, o pallaso non é ese tipo de persoa, senón todo o contrario: “O pallaso non é un personaxe, senón unha persoa; o máis humano dos seres humanos”, di Alex Navarro, pallaso el mesmo (traballou no Circo do Sol), mestre de pallasos (imparte cursos por todo o mundo) e creador da mellor web en español sobre tan fascinante mundo (http://www.clownplanet.com/).
O neno interior
O pallaso é o máis humano dos seres humanos porque, coma quere Ana María Matute (“o neno non é un proxecto de home, senón que o home é o que queda do neno que foi”), non matou o neno que leva dentro, segue sendo un neno. O pallaso, coma Xesús, deixa que os nenos se achéguen a el. O pallaso, coma Xesús, fíxose coma un neno. “Un pallaso é un neno zoupón de cero a doce anos”, dicíame noutra entrevista Adolfo Maguna, que leva máis de trinta anos sendo o pallaso Popín. “Os nenos de catro ou cinco anos e as persoas con síndrome de Down son clowns naturais?, explica nos seus cursos Eric De Bont, un dos principais mestres de clown de Europa, fundador dunha escola internacional en Eivissa. O pallaso, coma o neno, descobre cousas cada segundo e busca compartilas cos demais, facelos cómplices. O pallaso, di Jesús Jara no seu fermosísimo libro O clown. Un navegante das emocións, “é coma o neno que necesita que os seus pais participen constantemente da súa aprendizaxe e da súa constante evolución. “Mira, papá, mira o que fago... Mira, mamá, mira o que sinto... Mirade. Mirade e mirádeme: este son eu, isto emocióname, isto descubrín... Quero ir alá... Podo ir alá?”.
Por iso, calquera mestre de clown que se prece non cesa de repetir que cada un leva dentro un neno, un clown, e que se trata só de deixarmos saír ese neno, ese clown único e intransferíbel. “Sei un pallaso, se ti mesmo” é a consigna. O pallaso existe xa dentro dun mesmo, é un mesmo. Coma di o actor e director de cine italián Roberto Benigni, “o actor inventa ou interpreta un personaxe, mentres que o pallaso é el mesmo”. “O pallaso está dentro de cada un de nós. É cuestión de deixármolo saír, de botarmos abaixo os muros que edificamos para protexérmonos, de quitármonos as caretas que nos fomos pondo cos anos”, explica Navarro na súa web. “Sermos pallaso é deixarmos saír ao neno que levamos dentro, abrirmos a porta á tolemia interna, conectármonos cunha dimensión que sempre estivo aí. Un pallaso auténtico é aquel que non actúa, senón que é, que non se agocha detrás da careta da maquillaxe ou do nariz (se os leva)?”.
O pallaso é o máis humano dos seres humanos non só porque encerra nel o mellor dos homes, senón tamén porque é quen de sacar dos demais o mellor deles, de provocar que o saquen, coma expresa moi ben a seguinte anécdota do xenial Charly Rivel contada por Navarro: “Cando entrou na pista para principiar a súa actuación, un neno, que probabelmente vía un pallaso por primeira vez, comezou a chorar desesperadamente. Como o público estaba máis pendente do neno que do pallaso, Charly achegouse a el para facerlle unha garatuxa e tentar acougalo, pero o efecto foi o contrario. Charly, que coñecía profundamente a psicoloxía infantil, retirouse ao centro da pista e principiou tamén a chorar desconsoladamente, solidariamente. O neno calou de súpeto, cos ollos abertos como pratos pola sorpresa de descubrir que aquel ser vermello e amenazador sabía expresarse tamén coa mesma linguaxe tan transparente e directa: o choro. Sen deixar de chorar, Rivel achegouse outra vez o neno, que, xa acougado e mirándoo electrizado, quitouse o chupete da boca e deullo a Charly nun acto de solidariedade primixenia”.
A festa dos fracasos
O pallaso, coma o neno, está sempre alerta e dispoñíbel para participar, para imitalo todo, para tentar facelo todo por si. “Eu só, eu só!”, di o neno cando a súa nai quérelle axudar a realizar calquera cousa. “Eu só, eu só!”, di tamén o pallaso. Pero o pallaso, coma o neno, non sabe, trabúcase, cae, fracasa. “Benvidos á festa dos fracasos”, dilles sempre De Bont aos seus alumnos de clown. O pallaso amosa a poesía que hai no fracaso humano, nos defectos. Sostén un espello relativizador diante dos nosos ollos. “Oíches dicir que gañar está ben? Pois eu dígoche que perder tamén está ben. As batallas pérdense coa mesma dignidade coa que se gañan”, escribiu Mark Twain.
O pallaso, coma di De Bont, é “un barril de desesperación”: desesperación polos seus fracasos, porque non acerta a facer ben aquilo que se propón, e desesperación tamén pola súa procura desesperada da complicidade dos demais. O pallaso, coma o neno, fai da complicidade dos demais unha auténtica necesidade (“Mira, papá, mira o que fago... Mira, mamá, mira o que sinto”, como apuntaba Jara).
O fracaso non amedrenta o pallaso. Non o condena á inactividade nin moito menos a agocharse, a erguer un muro tras o que protexerse, a meterse dentro dunha coiraza. Non o retrae ou illa. Non o converte en antisocial ou individualista. O pallaso, coma o neno que se caeu, volve á carga con máis ímpeto, sempre a peito aberto, espido, transparente. O pallaso é transparente ata cando tenta agochar. Transparente e vulnerábel. A súa transparencia, a súa nudez fano vulnerábel. Unha transparencia, unha nudez das que dan fe os seus ollos, a súa mirada. “Os seus sentimentos escapan polos seus ollos coma o fume pola cheminea, de xeito natural, irrefreábel, case involuntario”, di Jara. “Se un clown non nos mira, non existe”, advirte. Unha mirada –segue o autor– que “é unha porta aberta para comunicar”; “un diario aberto a través do cal recibimos permanentemente información sobre as súas intencións, ilusións, experiencias, decepcións, medos, desexos”; “unha chiscadela de complicidade, unha invitación á confidencia”. “E perante esa nudez, perante tanta dignidade para amosarse, ao público só lle queda unha resposta, unha actitude: o respecto e a admiración”, sentencia Jara.
É este monumento á dignidade o que desprezamos cando tentamos descualificar alguén chamándoo pallaso.
Publicado na revista 'Ollo Público' de Vigo en 2009
Contra el enamoramiento
El enamoramiento es la puerta de entrada al amor, pero no es el amor. En realidad, no es sólo algo distinto al amor, sino, en muchos aspectos, lo contrario. El amor es desinteresado; el enamoramiento, interesado. El amor es desprendido; el enamoramiento, posesivo. El amor es paciente; el enamoramiento, impaciente. El amor es clarividente; el enamoramiento, ciego. El amor no se irrita; el enamoramiento, sí. El amor, como dice San Pablo, todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta; el enamoramiento, no. Como señala Borges, mientras que el amor maduro (el amor verdadero) dice “te necesito porque te quiero”, el amor inmaduro (el enamoramiento) afirma “te quiero porque te necesito”.
Nuestra sociedad confunde el verdadero amor con el enamoramiento, con el (mal) llamado amor romántico, con la pasión sexual. ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, se preguntaba Manuel Gómez Pereira en el título de una de sus películas. Una confusión que resulta trágica porque está en la base de casi todas las rupturas de pareja. Los jóvenes de hoy (y no tan jóvenes) quieren estar permanentemente enamorados. Cuando dejan de estarlo (y el enamoramiento pasa, afortunadamente, pues no se trata más que de un estado alterado de la conciencia), rompen con su pareja y buscan otra persona de la que enamorarse cuanto antes. El objetivo es el enamoramiento perpetuo, porque saben que la gasolina de la pareja es el amor, pero ignoran que el amor no es lo mismo que el enamoramiento. Y así, no hacen nada para convertir su enamoramiento en amor, no porque no quieran, sino porque desconocen que pueden y deben hacerlo; al menos, si desean mantener una relación estable e indefinida. Sin enamoramiento, una pareja puede parecer absurda, pero sin amor no tiene ningún sentido. La confusión es tal que muchas de las parejas que se rompen porque ya no están enamorados admiten que se tienen “cariño”, pero, lejos de considerarlo un haber, lo desprecian como un subproducto del enamoramiento que ya no sienten, cuando quizás constituya el primer peldaño de su amor. Es cierto que nuestros padres y abuelos no podían divorciarse, pero muchas de aquellas parejas vivían juntas treinta, cuarenta o cincuenta años porque se amaban.
El enamoramiento es la puerta de entrada al amor, pero no es propiamente el amor. El enamoramiento, tarde o temprano, se acaba. Más bien temprano, según los expertos. Los que gustan de medir todo dicen que no dura más de seis años. Afortunadamente, porque, como apuntaba más arriba, no deja de ser un estado alterado de la conciencia. El amor es clarividente; el enamoramiento, ciego, decía al principio de este artículo. El que ama ve al amado como es, con todos sus defectos, pero los acepta y los ama. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, insiste San Pablo. El enamorado no ve a la persona de la que está enamorado tal y como es, sino de un modo idealizado. La suya es una percepción alterada. Como dice el filósofo francés André Comte-Sponville, enamorarse es amar a alguien a quien no se conoce, ilusionarse por alguien a quien no se conoce, mientras que el que ama verdaderamente se ilusiona por alguien a quien sí conoce. “La cuestión”, dice, “ es conseguir que este amor hacia el desconocido se transforme en amor hacia el conocido, porque cuando esto no sucede, entonces sí, viene el desamor. ¿Qué es un amigo? Alguien a quien se conoce muy bien y pese a ello se ama. ¿Qué es la pareja? Dos que se aman y son amigos (…) Si uno prefiere amar a quien no conoce, no está sino amándose a sí mismo”.
El enamoramiento es un proyecto de amor, una promesa de amor. El enamoramiento puede y debe convertirse en amor. Esa es la clave de las relaciones estables. Las parejas que duran son aquellas que se aman. Dicen que el amor hay que regarlo, y es verdad. El amor, no el enamoramiento. El enamoramiento no precisa de riego ninguno. Insisto: es un estado alterado de la conciencia y durará lo que las endorfinas quieran. El amor, el verdadero amor, hay que trabajarlo, como un albañil trabaja una pared, ladrillo a ladrillo, hasta levantarla. El amor, efectivamente, hay que hacerlo, no basta con sentirlo ni siquiera con expresarlo con palabras. El amor precisa de hechos (obras son amores). Por eso, hacer el amor –una expresión, por un lado, muy poco afortunada, porque reduce precisamente el amor al sexo, al enamoramiento–, constituye, por otro lado, todo un hallazgo: el amor, repito, hay que hacerlo, hay que trabajarlo, no basta con sentirlo ni expresarlo. El enamoramiento, no. Por eso existe el flechazo, el (mal) llamado amor a primera vista, pero el amor necesita tiempo y voluntad. Uno se enamora sin pretenderlo; para amar, sin embargo, hay que querer amar y ponerse manos a la obra.
En este sentido, creo que Antonio Gala tiene mucha razón cuando dice que el amor ideal consiste en una amistad con momentos eróticos. Andrés Trapiello insiste en lo mismo cuando afirma: “Privilegiados los amantes que llegan a ser amigos”. Es lo que apunta también Comte-Sponville: la pareja son “dos que se aman y son amigos”.
El título de este artículo no deja de suponer una cierta provocación. Es verdad que enamorarse no es lo mismo que amar y que la obsesión por estar siempre enamorados puede impedirnos amar, pero si el enamoramiento es un proyecto de amor, una promesa de amor, enamorarnos es lo mejor que nos puede pasar en la vida después de amar y de ser amados: es más excitante, más emocionante, más placentero, más maravilloso que el mejor de los viajes, que la mayor de las aventuras. Y encima es gratis.
Nuestra sociedad confunde el verdadero amor con el enamoramiento, con el (mal) llamado amor romántico, con la pasión sexual. ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, se preguntaba Manuel Gómez Pereira en el título de una de sus películas. Una confusión que resulta trágica porque está en la base de casi todas las rupturas de pareja. Los jóvenes de hoy (y no tan jóvenes) quieren estar permanentemente enamorados. Cuando dejan de estarlo (y el enamoramiento pasa, afortunadamente, pues no se trata más que de un estado alterado de la conciencia), rompen con su pareja y buscan otra persona de la que enamorarse cuanto antes. El objetivo es el enamoramiento perpetuo, porque saben que la gasolina de la pareja es el amor, pero ignoran que el amor no es lo mismo que el enamoramiento. Y así, no hacen nada para convertir su enamoramiento en amor, no porque no quieran, sino porque desconocen que pueden y deben hacerlo; al menos, si desean mantener una relación estable e indefinida. Sin enamoramiento, una pareja puede parecer absurda, pero sin amor no tiene ningún sentido. La confusión es tal que muchas de las parejas que se rompen porque ya no están enamorados admiten que se tienen “cariño”, pero, lejos de considerarlo un haber, lo desprecian como un subproducto del enamoramiento que ya no sienten, cuando quizás constituya el primer peldaño de su amor. Es cierto que nuestros padres y abuelos no podían divorciarse, pero muchas de aquellas parejas vivían juntas treinta, cuarenta o cincuenta años porque se amaban.
El enamoramiento es la puerta de entrada al amor, pero no es propiamente el amor. El enamoramiento, tarde o temprano, se acaba. Más bien temprano, según los expertos. Los que gustan de medir todo dicen que no dura más de seis años. Afortunadamente, porque, como apuntaba más arriba, no deja de ser un estado alterado de la conciencia. El amor es clarividente; el enamoramiento, ciego, decía al principio de este artículo. El que ama ve al amado como es, con todos sus defectos, pero los acepta y los ama. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, insiste San Pablo. El enamorado no ve a la persona de la que está enamorado tal y como es, sino de un modo idealizado. La suya es una percepción alterada. Como dice el filósofo francés André Comte-Sponville, enamorarse es amar a alguien a quien no se conoce, ilusionarse por alguien a quien no se conoce, mientras que el que ama verdaderamente se ilusiona por alguien a quien sí conoce. “La cuestión”, dice, “ es conseguir que este amor hacia el desconocido se transforme en amor hacia el conocido, porque cuando esto no sucede, entonces sí, viene el desamor. ¿Qué es un amigo? Alguien a quien se conoce muy bien y pese a ello se ama. ¿Qué es la pareja? Dos que se aman y son amigos (…) Si uno prefiere amar a quien no conoce, no está sino amándose a sí mismo”.
El enamoramiento es un proyecto de amor, una promesa de amor. El enamoramiento puede y debe convertirse en amor. Esa es la clave de las relaciones estables. Las parejas que duran son aquellas que se aman. Dicen que el amor hay que regarlo, y es verdad. El amor, no el enamoramiento. El enamoramiento no precisa de riego ninguno. Insisto: es un estado alterado de la conciencia y durará lo que las endorfinas quieran. El amor, el verdadero amor, hay que trabajarlo, como un albañil trabaja una pared, ladrillo a ladrillo, hasta levantarla. El amor, efectivamente, hay que hacerlo, no basta con sentirlo ni siquiera con expresarlo con palabras. El amor precisa de hechos (obras son amores). Por eso, hacer el amor –una expresión, por un lado, muy poco afortunada, porque reduce precisamente el amor al sexo, al enamoramiento–, constituye, por otro lado, todo un hallazgo: el amor, repito, hay que hacerlo, hay que trabajarlo, no basta con sentirlo ni expresarlo. El enamoramiento, no. Por eso existe el flechazo, el (mal) llamado amor a primera vista, pero el amor necesita tiempo y voluntad. Uno se enamora sin pretenderlo; para amar, sin embargo, hay que querer amar y ponerse manos a la obra.
En este sentido, creo que Antonio Gala tiene mucha razón cuando dice que el amor ideal consiste en una amistad con momentos eróticos. Andrés Trapiello insiste en lo mismo cuando afirma: “Privilegiados los amantes que llegan a ser amigos”. Es lo que apunta también Comte-Sponville: la pareja son “dos que se aman y son amigos”.
El título de este artículo no deja de suponer una cierta provocación. Es verdad que enamorarse no es lo mismo que amar y que la obsesión por estar siempre enamorados puede impedirnos amar, pero si el enamoramiento es un proyecto de amor, una promesa de amor, enamorarnos es lo mejor que nos puede pasar en la vida después de amar y de ser amados: es más excitante, más emocionante, más placentero, más maravilloso que el mejor de los viajes, que la mayor de las aventuras. Y encima es gratis.
¿Amigos?
“Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. El deseo del cantante brasileño Roberto Carlos parece haberse hecho realidad con las redes sociales. Muchos usuarios de Facebook o de Tuiter presumen de tener mil, dos mil, tres mil amigos. Sin embargo, una mínima reflexión sobre la esencia de la amistad nos lleva inmediatamente a darnos cuenta del disparate de esta presunción.
Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, la amistad es un “afecto personal puro y desinteresado que se fortalece con el trato”. Es decir, un tipo de amor. Existe el amor filial, el amor conyugal, el amor paternal, el amor fraternal y el amor de amigo. La mayoría de las personas puede contar a sus verdaderos amigos con los dedos de una mano. En realidad, el que al final de su vida pueda presumir de haber tenido un amigo, uno solo, ya puede darse por satisfecho. Pero con frecuencia, efectivamente, confundimos la amistad con otros tipos de relación, y llamamos amigo a quien no es más que un conocido o, en el mejor de los casos, un compañero de viaje, en el sentido más amplio de la palabra –de trabajo, de ocio…–, con el que compartimos aficiones y gustos.
Abusamos, por lo tanto, de la palabra amigo con una gran facilidad. Por eso podemos encontrar noticias como esta, de la que se hizo eco la prensa hace seis meses: “Una mujer anuncia su suicidio en Facebook y ninguno de sus mil amigos hace nada”. “Me tomé todas mis pastillas. Moriré pronto. Chao, chao a todos’, publicó en su perfil la británica Simone Back (42 años) antes de morir a causa de una sobredosis. Mientras, algunos de sus 1.048 contactos se burlaban o desestimaban que la mujer fuera a quitarse la vida realmente. Ninguno intentó hablar con ella o acudir para detenerla”, decía la noticia. Ninguno de sus más de mil amigos hizo nada porque ninguno era realmente su amigo.
Como tampoco son amigos aquellos otros que protagonizan noticias desgraciadamente tan frecuentes como las que comienzan con un titular del estilo de “mata a un amigo”, “roba a un amigo” o “viola a una amiga”. Con amigos como estos para qué quiero enemigos. Y es que eso es lo que son estos supuestos amigos: enemigos, gente movida por cualquier tipo de impulso –la envidia, los celos, la avaricia, el sexo…– menos el “afecto puro y desinteresado” que decíamos que caracteriza a la amistad.
Abusamos, ciertamente, del término amigo y por eso a veces acudimos a pleonasmos como “amigo íntimo” o “amigo personal” para subrayar la idea de amistad, pues hasta nosotros mismos nos damos cuenta de que a muchos amigos a secas no se les puede poner a prueba.
Reservemos, pues, el calificativo de amigo para aquel que realmente lo merezca, aunque sólo podamos llamar así a tres, cuatro, cinco personas. O a una. Al fin y al cabo, el que tiene un amigo tiene un tesoro. Al pan, pan, y al amigo, amigo.
Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, la amistad es un “afecto personal puro y desinteresado que se fortalece con el trato”. Es decir, un tipo de amor. Existe el amor filial, el amor conyugal, el amor paternal, el amor fraternal y el amor de amigo. La mayoría de las personas puede contar a sus verdaderos amigos con los dedos de una mano. En realidad, el que al final de su vida pueda presumir de haber tenido un amigo, uno solo, ya puede darse por satisfecho. Pero con frecuencia, efectivamente, confundimos la amistad con otros tipos de relación, y llamamos amigo a quien no es más que un conocido o, en el mejor de los casos, un compañero de viaje, en el sentido más amplio de la palabra –de trabajo, de ocio…–, con el que compartimos aficiones y gustos.
Abusamos, por lo tanto, de la palabra amigo con una gran facilidad. Por eso podemos encontrar noticias como esta, de la que se hizo eco la prensa hace seis meses: “Una mujer anuncia su suicidio en Facebook y ninguno de sus mil amigos hace nada”. “Me tomé todas mis pastillas. Moriré pronto. Chao, chao a todos’, publicó en su perfil la británica Simone Back (42 años) antes de morir a causa de una sobredosis. Mientras, algunos de sus 1.048 contactos se burlaban o desestimaban que la mujer fuera a quitarse la vida realmente. Ninguno intentó hablar con ella o acudir para detenerla”, decía la noticia. Ninguno de sus más de mil amigos hizo nada porque ninguno era realmente su amigo.
Como tampoco son amigos aquellos otros que protagonizan noticias desgraciadamente tan frecuentes como las que comienzan con un titular del estilo de “mata a un amigo”, “roba a un amigo” o “viola a una amiga”. Con amigos como estos para qué quiero enemigos. Y es que eso es lo que son estos supuestos amigos: enemigos, gente movida por cualquier tipo de impulso –la envidia, los celos, la avaricia, el sexo…– menos el “afecto puro y desinteresado” que decíamos que caracteriza a la amistad.
Abusamos, ciertamente, del término amigo y por eso a veces acudimos a pleonasmos como “amigo íntimo” o “amigo personal” para subrayar la idea de amistad, pues hasta nosotros mismos nos damos cuenta de que a muchos amigos a secas no se les puede poner a prueba.
Reservemos, pues, el calificativo de amigo para aquel que realmente lo merezca, aunque sólo podamos llamar así a tres, cuatro, cinco personas. O a una. Al fin y al cabo, el que tiene un amigo tiene un tesoro. Al pan, pan, y al amigo, amigo.
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